martes, 27 de octubre de 2009

Docencia: sobre trastornos y ausencias por Silvana Lagatta (*)

Fuente: diario La Capital
(*) Psicóloga. Coordinadora de salud mental del Centro de Salud "Luis Lescano" (Amsafé- Rosario)


En el pasado mes de mayo, La Capital publicó un artículo titulado "Los trastornos mentales provocan la mayoría de las ausencias docentes", citando declaraciones del secretario provincial de Bienestar Docente del Ministerio de Educación. Valdría la pena detenerse en la elección de algunos términos por parte del funcionario, que aparecen tan naturalmente utilizados y asociados: ausencia docente, trastornos mentales.
La expresión ausentismo es el nombre que el Estado utilizó para silenciar el padecimiento psíquico y corporal que las condiciones de trabajo de los docentes engendran. Paradójicamente, éste es el mismo discurso que condena las licencias por salud mental, ya que el "buen docente" debe soportar sin enfermarse ni faltar.
Condena las licencias y condena al docente: tomar el concepto de "trastornos mentales" no es un gesto nada ingenuo: coloca "la causa" —en términos organicistas, y también mercantilistas propios de las definiciones del DSM IV (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales American Psychiatric Association)— en el docente; no interroga el contexto, el trabajo, las condiciones en las que éste se realiza, etcétera.
Si hay algo que el crecimiento de las licencias por salud mental va poniendo de manifiesto es que se hace cada vez más urgente la necesidad de un cambio en la organización del trabajo y por lo tanto en sus condiciones. Y si existe algún lugar del cual el docente no puede estar ausente es precisamente en ese cambio, tiene que ser parte activa, propulsora.
Para los profesionales del ámbito de la salud mental, que hace tiempo venimos trabajando con los docentes, no es ninguna novedad el aumento de licencias por salud mental. Así es que progresivamente fuimos organizando diferentes modos de intervenir allí donde el trabajo produce malestar. Es decir, no sólo pensamos un esquema donde ofrecer espacios para los tratamientos psicológicos, sino que además y en una clara perspectiva de "tomar riendas" en el asunto hemos creado dispositivos grupales, colectivos e institucionales.
La escuela, como local de trabajo, se convierte así en el espacio privilegiado para escuchar a sus actores. Es ahí donde la escuela "habla", no sólo a través de sus paredes deterioradas, sus salones sin calefacción, sus baños muchas veces sin agua, su escasez de bancos, sino también a través de los relatos de sus trabajadores.
Desde el imaginario social, la función de la escuela—y, por lo tanto, la tarea del docente— se determina en el marco de un conjunto de instituciones complementarias: el Estado, la familia, la comunidad. Cabría pensar entonces, cuando el Estado ha renunciado a cumplir su función de proveedor y garante de los derechos, cuando la familia ha sufrido profundas mutaciones efecto del estallido de los lazos sociales que la organizaban, si no es la escuela la única institución total que aún subsiste, al menos desde el imaginario social instituido. Con esto queremos decir que la escuela aún es visualizada como una (tal vez la única) institución capaz de soportar sobre sí las funciones y tareas que el resto de las instituciones ya no pueden (o no quieren) asumir.
Ahora bien, ¿qué queda hoy de la escuela? Habiéndose fracturado el pacto con el resto de las instituciones, sin recursos materiales para su funcionamiento, sin "palomitas blancas" ansiosas por aprender, sin aquellos padres que colaboraban en su construcción material y simbólica, podríamos decir que la escuela hoy se reduce, prácticamente, a la presencia constante de un "cuerpo" docente que sostenga el quehacer institucional actual. ¿Será por esto que el docente no puede faltar?
Si la cultura institucional impone que el docente está obligado a satisfacer las múltiples demandas sociales (producto de otras tantas carencias), se ve gravemente afectado el sentido y la modalidad del trabajo. Esta situación asume un carácter trágico en la medida en que no es posible avizorar una posible salida; en palabras neoliberales, "no hay alternativa".
Una posición posible sería intentar responder a todas estas demandas, tal como lo prescribe el Ministerio —aunque no lo reconozca— y como parecería indicar la urgencia de las necesidades a que el docente se ve confrontado. A cambio, obtendría la satisfacción de ser un "buen docente", a veces incluso una sensación de omnipotencia cuando se puede cumplir con todo; y el premio de no sentirse culpable ante el deber incumplido, esto trasladado a nivel económico, es el presentismo.
Si bien, la huelga docente de septiembre del 2004 logró derogarlo parcialmente, el presentismo aún persiste como método de control. Hoy, con el fin de bajar los índices de ausentismo se aplican descuentos arbitrarios e ilegales en los salarios de los docentes con licencias por salud, argumentados en "errores" cometidos en el procedimiento de justificación de licencias.
La cuestión es que "esos errores" generan "trastornos" a la hora de tramitar la asistencia en salud, quizás a la hora de pagar tratamientos, comprar medicamentos o simplemente solventar la vida cotidiana y lo más grave, haciendo que por temor a sufrir la "ausencia" del salario, muchos docentes vuelvan a ir a trabajar enfermos como ocurría en los años `90.
Entonces muy pronto, no ya las horas de trabajo, sino también las horas del día, se revelan insoportables. Resultado, hay que seguir aguantando, respondiendo, adaptándose, hasta el momento de la liberadora jubilación. Aguantar significa borrar la vida privada, trabajar bajo el signo del desgano y el automatismo, callar, o hablar sólo mediante la enfermedad. Y aparecen las quejas, el cansancio permanente, la pérdida de sentido y, por ende, del deseo. El discurso hegemónico, que se encarga de borrar el contexto —y los responsables— donde esto se produce, diría que estamos frente a un docente "estresado", "deprimido", y prescribe algún que otro paliativo.
Entonces no cabe más que preguntarse: ¿por qué tantas exigencias? ¿Quién falta cuando el docente no está?

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